El verbo llegar. El verbo vivir. El verbo sobrevivir. Alcanzo este instante, finales de año, con la salud quebrantada, mamá. Enfermé a principios de 2025 tras un empeoramiento súbito y generalizado de mi salud. En el hospital estuve ingresado once días, lugar en donde me realizaron innumerables pruebas diagnósticas para recibir el alta sin un diagnóstico. A lo largo de este año acudí a revisiones médicas permanentes y se me practicaron incontables pruebas diagnósticas. En junio, recibí el diagnóstico de sarcoidosis, que en un primer momento, afectaba a los pulmones. Se buscó, hasta ahora sin resultado, células cancerígenas en el organismo. Los meses transcurrieron tediosos y repletos de incertidumbre. La nueva enfermedad era crónica y, en mayor porcentaje, suele remitir sin tratamiento. En mi caso, no ha remitido. Tengo afectados además de los pulmones, la piel, la vesícula, el bazo y los ojos, convirtiéndose estos último en la mayor preocupación por la escasa calidad visual que siento. No en vano, fui diagnosticado de opacidad corneal, ojo seco severo y edema macular bilateral. Los pulmones no han empeorado ni mejorado mostrando estabilidad. El bazo inicia su inflamación y la vesícula continúa en revisión. Se me ha biopsado la piel. He tenido un gran apoyo emocional y presencial de Ana, tan inesperado como reseñable. A pesar de todo he conseguido viajar a Roma con motivo del fallecimiento del Papa Francisco con Ana, a Canarias para completar las dos islas que me restaban de ver, y a Polonia, fundamentalmente para ver in situ el campo de concentración de Auschwitz Birkenau.
Realicé un examen de conciencia profundo sobre qué hacer y cómo comportarme con las personas más próximas a mí en estos momentos. Lo hice porque no he podido lograr convertir en perdón mi dolor por ti, mamá. Tú has sido el motor de mi conciencia para ayudar ciegamente a mi hermana y a mi hermano, apartando la rémora pretérita de los años anteriores. Vivo atormentado desde finales de 2017 sin mejoría alguna, vivo atravesado por el comportamiento que recibiste de tu hija a lo largo del tiempo y, en mayúsculas, en 2018, tengo marcado a fuego el año 2019 en que estuvimos tú y yo en casa de tu hijo. No logro autoperdonarme la conducta de tu hijo con respecto a su decisión de tu última morada en su domicilio. Noviembre de 2019 mantendrá una tonalidad negra zaina en mi pensamiento y los meses posteriores, ya con el maldito covid, arañan todos los deseos de mi mundo. La soledad intratable sentida a través del descaro, egoísmo y falta de principios de quienes diste la vida se ha transformado en materia tóxica vital para mi alma.
El 21 de febrero de 2021, tras un atrangatamiento, se inició una recta final que ya imploraba imposible. Ingresaste en el Clínico porque ningún hospital que te pertenecía dijo contar con habitaciones para el ingreso de una persona mayor, añado esto último a título personal. Por tanto, ante mi insistencia y bajo promesa de pago de tu ingreso, te llevamos a ingresar al Clínico, en donde permaneciste doce días. Estaban prohibidas las visitas por el Covid, pero conseguí que cada una de las tardes, estar contigo, a tu lado, para comprarte unas zapatillas nuevas, para besarte permanentemente. Tuvimos la enorme fortuna de contar con la infinita bondad y generosidad de tu persona y de tu personalidad porque intuía, y así me confesabas entre mensajes por descifrar, que el final estaba cercano.
En julio de aquel año, regresamos al hospital el 9 de julio, hasta el 23. Qué bien nos trataron, mamá. Querías quedarte allí y no querías regresar donde jamás te hubiera llevado. Cuánto pesar y cuánto lamento. La injusticia final de tu vida. La grandeza de tu espíritu permitió a quienes más quisiste y quienes más te quisimos alargar los brazos tantas veces como necesitábamos y quisimos. No quisiste ninguna disputa.
El 3 de diciembre cerraron por el maldito covid nuevamente las visitas. Resultó espantoso. Nos diste la oportunidad de celebrar una comida inolvidable en Traspinedo el 6 de noviembre de 2021. Sin embargo, los días fueron creciendo y creciendo, haciéndose gigantes. Las visitas se reabrieron de forma desesperada. Seguimos al día la desaparción de Esther López, la chica de Traspinedo que aparecería muerte el sábado en que, amargamente, fui consciente del adiós definitivo. Nunca fuiste amiga de loterías ni de juegos de fortuna como buena prueba, tal vez, de tu realismo subrayado. Sin embargo, en aquel final de 2021 me pediste comprar un décimo a la lotería de navidad y del sorteo del niño. Nos tocó la pedrea y así fue la primera ocasión en que no salí de vacío de aquellos sorteos. Cinco veces lo que habíamos jugado era un botín pequeño, pero constituyó un exponente de este carrusel de acontecimientos últimos. Del mismo modo y aún cerradas las visitas, no dudé en comiéramos juntos el día 25, Navidad, una paella magnífica que pareció sabernos a gloria. Quisiste que estuvieran tanto Mila como Javi, pero solo vino ella porque él había decidido, a pesar de tus súplicas en contra, irse de viaje. Fuiste operada de entropión el 17 de enero, tuvimos que acudir a urgencias el 25 de enero, lluvioso, y por las prisas por que no te mojaras dejamos sin pagar el taxi a Ceferino. Una carrera que , finalmente, le fue abonada el 8 de febrero de 2022. A pesar de la lluvia, me dijiste que le abonara en ese instante. Mi conciencia preveía lo que finalmente ocurrió porque el 20 de enero, fui a comprar un marco de foto finalmente empleado. La noche del 26 al 27 de enero escribí una premonitoria entrada en este blog con dos palabras únicamente: "Aguanta, mamá".
El 27 te ingresaron en el hospital y las seis primeras noches y días permanecí a tu lado incondicional. Mejorabas, me hablaban de recibir el altta de una forma tan clara que lo creí. Cuando regresé a estar ininterrumpildamente en la mañana de 5 de febrero, ya supe lo que sucedía y lo que sucedería. Javi no fue consciente de dejarte en el estado que te dejó en la habitación para sustituirle. Puse todos los puntos sobre las íes, pero ya no. La ´última noche tuve tu mano de la mía en todo momento y mi llanto permanente contrastaba con los apubullantes ronquiidos de tu hijo Javi y la mirada perdida de tu hija. Al amanecer, caí rendido tres cuartos de hora. Cuando desperté, tu hija se había marchado a descansar y tu hijo quería irse a descansar. Solos tú y yo. Acabé en la cama contigo y desde aquel instante, esta infinita soledad y este sentimiento que me aparta de la vida y del mundo. Nada más alejarme definitivamente de tu cuerpo el 8 de febrero, volé y acudí a tu casa, llena de luz solar, me senté en la cocina, un rato, y dos, me acosté sobre tu cama, olía cada rincón ahora solitario y parecía que la vida podría aparecer en cualquier momento siendo consciente de la tozuda realidad contraria.
Te fuiste alejando conforme al espíritu que habías engalanado a lo largo de toda tu trayectoria vital. La soledad había anidado en mis entrañas y provocaba silencios tan pronunciados que temí no volver a hablar. Ante tal premonición y realidad, a los dos meses exactos, regresé al trabajo sin estar en condiciones para la incorporación con el ánimo de que allí, debía obligatoriamente articular palabra. También huía en medio de las tardes como si me persiguieran abandonando mi hogar y recorriendo kilómetros y kilómetros sin destino, sin rumbo, sin nadie. Y también, en el medio de la noche, truenos intestinos parecían devorarme alentándome para arrancar mi vehículo y conducir cientos de kilómetros a oscuras para llegar a Valladolid al amanecer. Recuerdo cuando me dijiste que deseabas ver a tu hija. Sabías que el final podía estar próximo y deseabas, según me verbalizaste, que fuera viendo y hablando con ella. Te lo conseguí y constituyó una decisión de una enorme sabiduría en tu haber y para la conciencia de tu hija. Martillean inmisericordes confesiones repletas de besos y lágrimas al alejarnos que sellan mi vida desde entonces y no me permitirán jamás volver a reír, a querer vivir como viví viviendo tú y no trascender en demasía sobre el final de mi vida. Asciendo a cada instante en la escalera de este amor hacia lo aprendido, hacia lo representado por ti. Permaneces. Permaneces. Continúas siendo. Vivo aunque no sepa realmente vivir sin ti, mamá. Te quiero desesperadamente y no retrocedo un ápice en el blanqueo de tu sufrimiento en honor a tu eterno talente de concordía y al imaginario orgullo de tu aprobación por cuanto hice y hago. Me acuesto con él, cada noche, cada amanecer.
Aquí dejó la canción más profunda de 2025.
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