Empezó a secárseme la boca y la lengua de tal manera que mis labios quedaban pegados a mis dientes sin apenas poderlos deslizar hacia su posición natural. Sentía la lengua áspera.
Esta fue la sensación que siento desde finales de 2017 cuando un acontecimiento puntual sucedió en torno a mi madre. Desde entonces, no he podido digerirlo y siento como si una piedra hubiera quedado entre mi garganta y mi pecho. Fue el 28 de noviembre de aquel año. Amor y dolor. Tengo clavado su llanto y no pude atravesar ningún desierto porque todos me parecieron protagonizados por aquel día. Desde entonces, este continuo repique de sufrimiento.
El maldito 2019 marcó la relación con mi hermano, con el único hermano del que jamás hubiera imaginado lo que de él escuché, vi y sentí. Su comportamiento rompió varios equilibrios sentimentales. Las personas tendemos verdaderamente a manifestarnos en momentos en que las vidas confluyen y aprietan nuestros cuellos. Soledad y decepción.
Observo una imagen premeditada de mi madre en la que muestra un rostro pensativo que indica hartazgo después de una trifulca más. Tanto amor me descoyunta y tanto sufrimiento me ahorca. A veces, no sé respirar. De mi madre aprendí a sobrevivir y así lo haré. De mi padre heredé esta soledad en la que me encuentro irremediablemente.
Conciencia que quedará escrita conforme al sentimiento procesado a lo largo de mi vida por mi madre.

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