Hace ochenta y tres meses en que, arrodillado frente a su cama y con mis manos entre las suyas, deseaba buenas noches a la mujer que me bajó a esta tierra en que me hallo. Ochenta y tres sólo y solo. Me caben en la boca estos meses, me bombea el corazón en forma de zigzag y me explotan por debajo de la piel, a la altura del alma. Si hubiera sabido que únicamente serían esos meses, habría dejado mi vida para vivir cada segundo de la suya. Creo haberlo hecho. Reunidos cada uno de estos meses, bajo las escaleras y subo entre la suavidad de su piel hasta el vientre que me tuvo y me contuvo. Me trajo acá y me dejó aquí. Permanente e instantáneo a la vez, húmedo y caliente al mismo tiempo, tiemblo rígido al unísono, silencio y grito, agua y burbuja, lágrima y expiración. Maldigo sin perdón y sin olvido a todas y a cada una de las personas que dañaron su dignidad en algún instante de su existencia. Estos son mis raíles y estas son mis conclusiones tras ochenta y tres meses sin poder vivir viviendo por ella. Amor y vida. El único amor para mi vida.

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